Reflexiones en primera persona sobre vínculos personales que trascienden mis miles de kilómetros que pueden separar a dos pueblos.
Cristhian Torres – 2026-01-05 13 13 42 12:00:00
Hablar sobre las juventudes china y ecuatoriana no es sencillo, sobre todo si se toma en cuenta el abismo generacional de quien escribe. Sin embargo, como padre de dos gemelas adolescentes y como alguien que tuvo la oportunidad de convivir con varios jóvenes en Beijing, me atrevo a proponer, a través de este ensayo, una serie de reflexiones sobre los valores, sueños y aspiraciones que comparten las juventudes más allá de la distancia geográfica, las diferencias culturales y la barrera del idioma.
Mi primer amigo chino fue un joven intérprete que trabajó a mi lado durante mis recorridos por el gigante asiático. Desde el primer encuentro comenzaron a derrumbarse muchos de los prejuicios y conceptos que, como occidental, cargaba en mi mochila. En mi imaginario esperaba encontrar jóvenes rígidos, casi militares, más cercanos a un estereotipo mecanizado que a un adolescente sensible y curioso. Nada más alejado de la realidad. Mi interpreté Isaac, un joven de 21 años, me recibió con un saludo cálido, una sonrisa amplia y una genuina curiosidad por conocer mi cultura.
Durante ese y otros viajes conocí a varios jóvenes que compartían los mismos sueños que mis hijas adolescentes. Querían estudiar para cambiar el mundo, proteger el medio ambiente, construir una sociedad más justa y sin pobreza. Eran miradas cargadas de idealismo, casi de superhéroes en formación, que contrastaban con la cotidianidad de reír con sus amigos, disfrutar la música y celebrar los logros junto a sus seres queridos. En todos ellos reconocí los mismos ojos de esperanza en el futuro.
Sin embargo, mientras conversábamos, también aparecieron los mismos temores universales: ¿qué voy a estudiar?, ¿de qué voy a vivir?, ¿hacia dónde camina el mundo? Inseguridades propias de la juventud, preguntas que tarde o temprano encuentran respuesta, así como ocurrió con todos nosotros en su momento.
El amor, las redes sociales, el afecto por los animales, el deseo de aprender cosas nuevas, conocer otras culturas y luchar por los propios sueños conforman una lista casi interminable de similitudes entre jóvenes chinos y ecuatorianos. No obstante, hay un aspecto que llamó poderosamente mi atención: la profunda convicción y conciencia política y geopolítica de la gran mayóría de jóvenes chinos que pude conocer. En mis múltiples viajes por el mundo, pocas veces me he encontrado con adolescentes y jóvenes tan informados y dispuestos a reflexionar sobre las políticas internas y externas de su país.
Este detalle final me lleva a pensar en el enorme valor del intercambio cultural entre nuestras juventudes emergentes. Las generaciones adultas tenemos una deuda histórica: crear políticas de integración que derriben las barreras que nos han distanciado. En un mundo cada vez más globalizado, la convergencia entre Oriente y Occidente no solo es posible, sino inevitable, y quizá sea en la juventud donde encontremos el punto de encuentro más honesto y esperanzador.
