Eroguro, el horror y erotismo en clave japonesa

El término es la adaptación de erotic–grotesque–nonsense. Es un género que busca retratar el placer y el dolor, la risa y el horror, en un universo de erotismo extremo. El maestro Edogawa Rampo.

Fuente: Koratai – 2018-05-16 12 00 09 12:00:00

Japón tiene una parte luminosa y espiritual conocida por todos los amantes de su cultura. Es el Japón de los cerezos en flor, del budismo zen, de los samuráis, el sushi, el kabuki o las geishas. Un país en “armonía con la naturaleza, con el pasado y la historia, a la par que futurista e hipermoderno”. Pero como apunta el escritor y crítico cinematográfico Jesús Palacios en el prólogo de “Eroguro. Horror y erotismo en la cultura popular japonesa” (Satori, 2018), siempre hay un reverso de la moneda, un “lado oculto, oscuro y brillante a la vez“. Se trata del llamado ero-guro-nansensu, una expresión idiomática compuesta por la adaptación a la fonética japonesa de varias palabras procedentes del inglés: erotic, grotesque y nonsense.

El ero-guro-nansensu (eroguro para los amigos) es un género de géneros nacido en los años veinte y treinta en el País del Sol Naciente y que debe su nombre a Yasunari Kawabata. Según Jesús Palacios, es “una visión artística y literaria cuyo epicentro consiste en retratar un mundo de erotismo extremo, , corrupción física y moral, decadencia, deformidad y crueldad, que en su esencia última manifiesta un trasfondo absurdo, sin sentido e incluso nihilista de la existencia, donde se confunden la risa y el horror, el placer y el dolor, la celebración de la carne y su humillación, lo monstruoso y lo sublime”.

Este universo es el protagonista absoluto del volumen publicado por la editorial Satori, en el que se desgranan los orígenes y presencia actual del eroguro en la cultura japonesa. Desde sus raíces en lo más grotesco del mundo yokai hasta las influencias occidentales como la de Edgar Allan Poe, el eroguro se desvela ante el lector como un género popular inclasificable y sorprendente.

Jesús Palacios hace una interesante aproximación al nacimiento del género y pone su acento en aquellos autores que mostraron en algunas de sus obras su predilección por diversas facetas de este género. En ese elenco encontramos a escritores como Izumi Kyoka, Ryunosuke Akutagawa o Junichiro Tanizaki y, por supuesto el “rey del eroguro“, Edogawa Rampo. Precisamente de ellos incluye Daniel Aguilar, otro de los coautores del volumen, tres relatos inéditos traducidos por él que ejemplifican las tres caras del eroguro. Se trata de “El caso criminal de los baños Yanagi” (1918) de Junichiro Tanizaki, “Un sueño a pleno sol” (Hachumu, 1925) de Edogawa Rampo y “El intestino viviente” (Ikite iru harawata, 1938) de Unno Juzo (o Juza).

Como corriente estética, el eroguro tuvo una vida relativamente corta y en sentido estricto finalizó en 1938. Tras la Segunda Guerra Mundial se produjo una resurrección, dando lugar a delirantes y grotescos ejemplos en la obra de Sotoo Tachibana, con sus truculentas historias de horror vinculadas a enfermedades como la lepra o Shigeru Kayama, escritor de fantasía especulativa con una vertiente sórdida y erotismo enfermizo.

El eroguro fue un género que trascendió la literatura y dio numerosos y grotescos ejemplos de su enfermiza y febril propuesta estética más allá de la tinta y el papel. En el volumen de la editorial Satori el periodista y traductor Rubén Lardín es el encargado de bucear por los fotogramas del eroguro japonés, mientras que Iria Barro Vale hace lo propio con el eroguro en el manga y Germán Menéndez Flores con la pornografía y el hentai. Parece que el eroguro tiene unos tentáculos tan largos como una de sus más populares imágenes eróticas.

«Eroguro. Horror y erotismo en la cultura popular japonesa» es un volumen sorprendente lleno de información sobre un Japón que muchos desconocen. Y como en ocasiones una imagen vale más que mil palabras, Satori acompaña su propuesta editorial con un extenso material gráfico e ilustraciones de Miguel Ángel Martín, Sandra Uve, Félix Ruíz, Albert McTorre, Suki, Pablo Morales de los Ríos y Lolita Aldea para hacernos una idea. Fabuloso, perturbador y divertido.

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