Más allá de los rankings, el crecimiento de la producción científica china revela una disputa geoestratégica por el control del conocimiento, en un sistema académico aún regido por las reglas que define el Norte Global.
Enero de 2026 abrió con una noticia impactante para el mundo académico: un ranking internacional de producción científica ubicó a las universidades chinas de Zhejiang y Shanghái Jiao Tong como líderes, por encima de la prestigiosa Harvard, de Estados Unidos, que quedó relegada al tercer puesto. Se trata del Ranking del Centro de Estudios de Ciencia y Tecnología de la Universidad de Leiden. Esto puede interpretarse como un reflejo del deterioro del sistema universitario estadounidense -agravado por el desfinanciamiento científico durante el gobierno de Donald Trump-, y, principalmente, del salto acelerado que ha dado la producción científica de China en las últimas dos décadas.
Si bien las universidades de élite de Estados Unidos hoy producen más investigación que hace dos décadas, las instituciones chinas crecieron a un ritmo muy superior, impulsadas por la inversión pública sostenida, la expansión de los doctorados egresados y una estrategia estatal orientada a competir para obtener visibilidad e impacto bajo las reglas de evaluación globales. El resultado es un giro estructural en el cual China pasó en pocos años de la periferia académica a la cima de los rankings centrados en producción científica. A primera vista, el proceso puede interpretarse como una victoria del sistema educativo chino frente a su par occidental, pero vale la pena indagar si este avance representa un desafío real al poder de los países centrales.

Universidades a medida del Norte Global
El Ranking de Leiden no es una excepción, ya que otras mediciones centradas en rendimiento académico e investigación muestran el mismo avance de China. En el ranking de Rendimiento Académico elaborado por la Universidad Técnica de Medio Oriente (Ankara), Harvard aparece primera, pero solo Stanford la acompaña como representante de Estados Unidos en el top 10, donde también figuran cuatro universidades chinas. A su vez, en el Nature Index, Harvard vuelve a liderar, pero seguida por diez instituciones chinas.
Los rankings de mayor repercusión mediática, como QS y Times Higher Education (THE), todavía no colocan universidades chinas en el top 10, pero ya registran su avance y dejan al descubierto el sesgo de las mediciones basadas en reputación frente a las que consideran la producción científica. En THE 2026, por ejemplo, Oxford mantiene el primer puesto por décimo año consecutivo, seguida por MIT, Princeton y Cambridge, con Harvard empatada con Stanford; siete de las diez primeras siguen siendo estadounidenses. Pero la tendencia de fondo es clara: hace una década las universidades de Pekín y Tsinghua estaban en los puestos 42 y 47; hoy subieron al 12 y 13, muy cerca del top 10.

Conocimiento y geoestrategia
El rápido ascenso de China en los rankings universitarios no puede leerse únicamente en clave académica. En menos de dos décadas, el país pasó de no figurar en el top 10 de ningún ranking global a ocupar posiciones de liderazgo. Este proceso forma parte de una estrategia geopolítica más amplia, donde la ciencia, la tecnología y la educación superior son instrumentos centrales de poder.
El gobierno chino entendió que en el orden internacional contemporáneo el prestigio académico es una forma de poder blando y se embarcó en un proceso de competencia geoestratégica por el control del conocimiento, en un contexto donde la ciencia y la tecnología son pilares del poder nacional. Mientras China avanza, las universidades estadounidenses enfrentan nuevas tensiones estructurales, tales como recortes a la financiación científica, restricciones migratorias, prohibiciones de viaje al exterior y un clima político hostil hacia estudiantes e investigadores extranjeros.
El dilema del Sur Global
Dentro de este escenario surge una tensión central: China, como potencia emergente del Sur Global, no diseñó las reglas del sistema universitario internacional, pero decidió seguirlas. Estas reglas establecen publicar en inglés, priorizar revistas indexadas del Norte y escalar posiciones en rankings occidentales. Ingresar en ese juego y exhibir esos logros como hitos nacionales fue una decisión estratégica y no accidental, orientada a ganar legitimidad y visibilidad en un campo donde los criterios de excelencia siguen definidos por Estados Unidos y Europa.

Sin embargo, los rankings miden visibilidad global, no pertinencia nacional, y China —aunque se presenta discursivamente como líder del Sur Global— coopera en la práctica casi exclusivamente con universidades del Norte, orienta allí sus alianzas y financiamiento y evalúa su desempeño con criterios externos. El costo es evidente: agendas de investigación guiadas por lógicas de publicación internacional, dependencia de sistemas de indexación ajenos y una innovación que responde más a prioridades del Norte que a necesidades sociales internas.
El dilema es, así, político y epistemológico. Escalar en rankings globales no garantiza producir conocimiento útil para el desarrollo nacional y refuerza la subordinación a estándares definidos por el Norte Global. Al competir y cooperar casi exclusivamente bajo esas reglas, China no solo las acepta, sino que valida la idea de que el conocimiento legítimo se produce en el Norte, en desmedro del valor epistemológico de lo generado en el resto del Sur Global, al que afirma pertenecer. En ese proceso, las agendas académicas tienden a orientarse a publicar bajo criterios hegemónicos externos y no a responder a necesidades sociales, productivas y tecnológicas propias.

En este sentido, cabe preguntarse si esta estrategia no está desaprovechando una oportunidad histórica. China podría impulsar nuevas reglas de juego, criterios propios de calidad académica y redes de cooperación Sur–Sur basadas en problemas comunes y justicia cognitiva. Al reproducir la lógica de los rankings y buscar la validación del Norte Global, renuncia —al menos por ahora— a ese rol transformador. El verdadero liderazgo académico no debería medirse por posiciones en clasificaciones occidentales, sino por la capacidad de producir conocimiento situado, socialmente relevante y epistemológicamente soberano, al servicio de los pueblos y no del prestigio global.
*La autora es investigadora en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y especialista en cooperación para el desarrollo China-Latinoamérica.
