El último Premio Nobel de Literatura sostiene que el mundo atraviesa un “estado de convulsión permanente” y que los escenarios apocalípticos de algunas obras ya no describen el futuro, sino el presente. La importancia de la cultura como espacio de resistencia ante la banalización.
El premio Nobel de Literatura László Krasznahorkai afirmó que la humanidad atraviesa desde hace tiempo un proceso que definió como apocalíptico y sostuvo que no se trata de un fenómeno por venir sino de una realidad en curso, al presentarse por primera vez fuera de Hungría tras recibir el máximo galardón de las letras.
Cuando la Academia Sueca le otorgó el Nobel, el jurado destacó su “obra convincente y visionaria que, en medio del terror apocalíptico, reafirma el poder del arte”
En declaraciones a la agencia de noticias EFE, el escritor húngaro reflexionó sobre el presente global y aseguró que “llevamos tiempo ya viviendo en el apocalipsis”, al considerar que “el mundo se encuentra en un estado de convulsión permanente” que no responde a un desenlace repentino sino a un proceso continuo y acumulativo.
Cuando en octubre de 2025 la Academia Sueca le otorgó el Nobel, el jurado destacó su “obra convincente y visionaria que, en medio del terror apocalíptico, reafirma el poder del arte”, una definición que dialoga con buena parte de su producción literaria, marcada por atmósferas densas, estructuras narrativas complejas y una mirada crítica sobre las estructuras de poder.

Durante su intervención en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, el autor recordó que la ensayista estadounidense Susan Sontag lo había bautizado años atrás como “el maestro del apocalipsis”, una etiqueta que evocó con humor al tiempo que insistió en que “el desorden y la incertidumbre han sido rasgos constantes de la historia humana”.
A medida que envejece, explicó, su perspectiva sobre el mundo y sobre quienes lo gobiernan se volvió más templada que en su juventud, etapa en la que creía que la única salida posible era una revolución radical, aunque aclaró que su desconfianza hacia las instituciones de poder persiste porque, a su juicio, “operan en esferas opacas de las que la sociedad conoce poco”.
El escritor cuestionó con dureza el discurso político contemporáneo y sostuvo que «los dirigentes rara vez expresan con claridad sus intenciones aunque adoptan decisiones de enorme impacto colectivo», al tiempo que advirtió que detrás de muchas estructuras de poder “predominan intereses económicos antes que valores públicos”.
Al referirse a Hungría, Krasznahorkai señaló que existen sectores que conservan la esperanza de un cambio político en las próximas elecciones y deslizó que, de no producirse transformaciones, algunos ciudadanos podrían optar por abandonar el país, en una declaración que expuso su preocupación por el rumbo institucional.

Autor de obras como Tango satánico, El barón Wenckheim vuelve a casa y Guerra y guerra, el narrador se definió como un hombre atravesado por una tensión interior entre el conformismo y la rebelión, decidido a dar voz en sus libros a quienes apenas conservan la dignidad, una sensibilidad que lo vinculó estrechamente con el cineasta húngaro Béla Tarr, con quien mantuvo una prolongada colaboración artística.
Frente a un panorama mundial que describió como inquietante, el flamante Nobel reivindicó la cultura de calidad y la alta tradición artística como espacios de resistencia ante la banalización, manifestó su distancia respecto de la industria cultural masiva y expresó su preferencia por herramientas de escritura tradicionales, como la máquina de escribir o la pluma, aun cuando reconoció que el brazo y la mano con los que escribe le generan cada vez más dolor.
