Rachid Benzine: “No se puede colonizar la imaginación”

Entrevista al escritor marroquí sobre su nueva novela “El librero de Gaza”. “La literatura no devolverá a los muertos, pero nos permite resistir”, afirma al recorrer la historia contemporánea del pueblo palestino.

Rachid Benzine cree que, en medio de la guerra, la ficción puede ser un acto de resistencia. El islamólogo, politólogo y novelista marroquí acaba de publicar “El librero de Gaza”, una historia que sigue la vida de Nabil Al Jaber a lo largo de más de setenta años de historia palestina, desde la Nakba hasta el presente, y que indaga en una pregunta incómoda y urgente qué significa ser un buen hombre cuando todo alrededor se derrumba.

El autor explicó que hace aproximadamente una década decidió volcarse de lleno a la literatura porque advirtió que “cuando estallan fenómenos de violencia tan intensos en nuestras sociedades, el análisis conceptual ya no alcanza”. Los debates televisivos, los ensayos académicos y las cifras, dijo, “acaban produciendo aún más rupturas ideológicas” en un mundo dominado por la reacción inmediata, donde cada acontecimiento es triturado por la urgencia, según señaló al medio español La Opinión de Murcia.

Para Benzine, la novela y el teatro permiten decir lo que el discurso político ya no logra transmitir. Puso como ejemplo la inmigración, un tema sobre el que “llevamos años escuchando cifras, informes, estudios, y no tienen ningún efecto real”, mientras que “la ficción, en cambio, puede tocar otras capas de la experiencia humana”. De allí que optara por un tono sobrio, casi de fábula, aunque se encargó de aclarar que se trata de “una fábula humanista” que ha aceptado “la caída, las ruinas, el derrumbe”, porque “no es un humanismo ingenuo” sino “un humanismo post-trágico”. La concisión, agregó, fue una búsqueda deliberada para que “cada término tuviera impacto” y la brevedad hiciera que “las palabras pesen más”.

La literatura, insiste, no es una fórmula mágica. “No nos salvará de las bombas. No devolverá a los muertos”, afirmó. La violencia, reconoció, tiene algo de irreversible. Sin embargo, considera que escribir y leer abren un espacio de resistencia destinado a “preservar lo más irreductible del ser humano”, sobre todo en contextos donde el peligro no es solo que el otro deshumanice sino que uno mismo pierda su propia humanidad. En la novela, Nabil encarna esa tensión y hasta su apellido, Al Jaber, remite a la idea de reparar, de recomponer lo que la violencia destruye.

Uno de los ejes del libro es el contraste entre el fotógrafo que intenta capturar una imagen y el librero que invita a escuchar una historia. Para el autor, la proliferación de imágenes de violencia termina por anestesiar, porque cuando la tragedia se vuelve omnipresente y sentimos que nada podemos hacer “preferimos dejar de mirar”. La lectura, en cambio, “nos introduce en un espesor del tiempo, en una duración”. Como en “Las mil y una noches”, contar historias permite retrasar la violencia. “Hoy, cuando vemos a alguien leyendo, vemos a alguien que resiste”, sostuvo.

La pregunta por el “buen hombre” cobró una urgencia particular tras los ataques del 7 de octubre de 2023. Benzine contó que lo impresionó “profundamente la manera en que se hablaba de los palestinos” y que empezó a interrogarse acerca de “qué explica el consentimiento hacia esta violencia” y “cómo se produce esta deshumanización”, porque “para que exista violencia, antes debe existir deshumanización”. Esa deshumanización, señaló, aparece en “la invisibilización del relato palestino, en la reducción de las muertes a cifras abstractas, en las imágenes de drones que borran los rostros”. De allí surgió la tercera pregunta “en medio de esta masacre, qué es un buen hombre” y “cómo se puede seguir siendo humano cuando se ha perdido todo”.

El escritor no oculta sus dudas sobre el futuro. En la novela afirma que los niños palestinos “ya saben todo sobre la muerte” y, consultado sobre si de adultos serán pacíficos como Nabil o proclives a la guerra como su hermano, respondió “espero que sean como Nabil, aunque tengo muchas dudas”. El trauma, las pérdidas y la falta de reconocimiento del duelo pesan sobre cualquier posibilidad de reconciliación. Además, describió un “juego de espejos” en el que “los palestinos ven a los israelíes solo como colonizadores violentos, y los israelíes ven a los palestinos únicamente como terroristas”, una lógica que niega la existencia de personas justas en ambos lados y agrava la tragedia.

El título original en francés evita cualquier referencia nacional y habla simplemente de “un hombre que lee”, en diálogo con “El hombre que plantaba árboles”, de Jean Giono. Fue, aseguró, una decisión consciente, porque no quería contar la historia de un palestino sino “la historia de un hombre”. Lo que le interesa es su dignidad, “su capacidad de mantenerse en pie frente a la tragedia”, una ejemplaridad que “no depende de su origen, sino de su humanidad”.

En la novela conviven Shakespeare, Darwish, Primo Levi y Fanon, una constelación que busca tender puentes en tiempos de polarización. Cuando Nabil recita a Hamlet y pronuncia “ser o no ser”, esa frase adquiere en Gaza “una dimensión radical”, ya que se convierte en la pregunta por el derecho mismo a existir. Para Benzine, “cuanto más íntima es la literatura, más universal se vuelve”.

Frente a la hipótesis de una Gaza transformada en un enclave turístico bajo la lógica del hipercapitalismo, el autor se mostró convencido de que la memoria sobrevivirá a cualquier proyecto de borramiento. “Palestina y Gaza sobrevivirán. Trump y Netanyahu pasarán”, afirmó, y recordó que hace más de siete décadas se intenta erradicar a ese pueblo sin éxito. Mientras las historias sigan siendo contadas, concluyó, la memoria permanecerá viva, porque “no se puede colonizar la imaginación”.

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