En el exilio de Nyamata, junto a centenas de deportados tutsis, transcurrió la infancia de la ruandesa Scholastique Mukasonga. Para su madre, Stefania, no existía más verdad que sus hijos, todo cuanto hacía llevaba sus nombres por salvarlos del dolor.
"Mukasonga demuestra un gusto delicioso por la palabra escrita, sabe que esta reconciliación no puede pasar ni por el silencio, ni por la mentira, y de ahí su compromiso", afirma Christian Kupchik en el prólogo.
Un único deseo sostenía a Stefania. Con una voz desconocida, dejaba un testamento oral que llenaba de angustia a la pequeña Scholastique y a sus hermanas: “Cuando yo muera”, advertía, “cuando ustedes me vean muerta, tendrán que cubrir mi cuerpo. Nadie debe verlo, el cuerpo de una madre no puede quedar expuesto. Serán ustedes, hijas mías, las encargadas de cubrirlo, solo a ustedes les corresponde hacerlo. Nadie debe ver el cadáver de su madre porque si no, eso las perseguirá… las atormentará hasta el día de su propia muerte, cuando ustedes también necesiten que alguien cubra sus cuerpos”.
Mukasonga nació en Gikongoro, Ruanda, en 1956. Desde su infancia experimentó la violencia y humillación de los conflictos que sacudiaron su país.
La mujer descalza se nos presenta, sobre todo, como un manual de iniciación. Pero dado que los gestos y las prácticas pertenecen fundamentalmente a los códigos de la vida, la escritura logra, paradójicamente, escapar a la tristeza para resucitar un recuerdo feliz. Los títulos de los diversos capítulos evocan tanto el genocidio como la cultura de Ruanda, reflejan el deseo de recobrar un tiempo dichoso y, aun sin eludir el dolor, intentan suscitar el placer literario.




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